Los “backrooms” son un mito popular de internet: un lugar fuera de la realidad, parecido a un mar de oficinas vacías, con luces fluorescentes, alfombras eternas y pasillos que se repiten hasta el cansancio. La idea se volvió viral por su estética inquietante y por una pregunta sencilla: ¿qué pasaría si entras a un sitio así y no encuentras salida?

Ese universo llega al cine con Backrooms, largometraje dirigido por Kane Parsons, creador de la serie web que impulsó el fenómeno. La historia está ambientada en 1990 y sigue a Clark (Chiwetel Ejiofor), un vendedor de muebles que descubre en el sótano de su sala de exhibición un portal hacia ese laberinto interminable. Lo que comienza como curiosidad se convierte en amenaza: ruidos extraños, silencios prolongados y la sensación de que algo lo acecha.

Clark recluta a Kat (Lukita Maxwell) y a Bobby (Finn Bennett) para adentrarse en el lugar, pero la exploración cambia de rumbo cuando Clark desaparece. A partir de ahí entra la Dra. Mary Kline (Renate Reinsve), su terapeuta, quien se pierde en Backrooms buscando respuestas.

Con guion de Will Soodik (Westworld), la película expande el relato viral y lo lleva a acción real, apostando por un terror sostenido donde lo familiar se vuelve amenaza.